lunes, 12 de octubre de 2015

¿Qué pasaría si decido no hacer nada?


La revista TIME nos ha sorprendido con una pregunta en portada: "¿Qué pasaría si decido no hacer nada?" Desiree Basila, una profesora de 60 años, acababa de ser diagnosticada de un carcinoma ductal in situ (DCIS en inglés) y, agobiada por la agresividad de las propuestas de tratamiento que se le ofrecían, empezó a indagar por su cuenta y se dio cuenta de que había muchos elementos desconocidos acerca de la progresión de este tipo de lesión y, además, vio que no había acuerdo en la comunidad científica sobre cuál debía ser la terapéutica más apropiada para su caso. Por este motivo tomó una decisión valiente, pidió a su oncóloga no hacer nada, lo cual se tradujo en dos controles al año y un tratamiento con tamoxifeno, un medicamento que bloquea los estrógenos que podrían hacer crecer el tumor.

El caso de Desiree Basila es bastante valioso porque cuando tomó esta decisión, hace 8 años, todavía no se sabía que la mortalidad de las mujeres con DCIS, al margen del tipo de tratamiento que adopten, es del 3,3%, cifra comparable a la de la población general, y tampoco se sabía que la quimioterapia no tiene ningún efecto sobre los tumores en estadiaje inicial. Pero para entender mejor la presión que tuvo que soportar Desiree, habría que añadir que la actitud de la mayoría de oncólogos, incluso en los casos de DCIS, era, y sigue siendo, la de "cuanto antes mejor y cuanto más mejor".

Por otra parte, JAMA Internal Medicine, en la sección "Less is more", acaba de publicar "Breast cancer screening, incidence, and mortality across US counties", un estudio realizado a partir del registro de 16 millones de mujeres de 547 condados norteamericanos, de las cuales eligieron a 53.207 que habían sido diagnosticadas de cáncer de mama en el año 2000, y observaron qué les había pasado 15 años después. El trabajo científico aprovecha el hecho de que, en EEUU, la implantación de los programas de cribaje de cáncer de mama es muy variable, y por ello les ha sido posible relacionar el nivel de implantación de los programas con la incidencia de la enfermedad y la mortalidad específica.

Los resultados del estudio quedan reflejados en la tabla de la derecha donde se observa el incremento de la incidencia del cáncer de acuerdo con la implantación de los programas de cribaje. Por ejemplo, un 40% de implantación (a la izquierda de la gráfica) equivaldría a una incidencia de 200 casos por cien mil mujeres, mientras que, en el otro extremo, el 80% de implantación provocaría el doble de incidencia. Nótese, hecho sorprendente, en la parte baja, en rojo, que la mayor incidencia no va acompañada de ninguna reducción en la mortalidad específica.

Si tienen la oportunidad de leer el artículo, verán, en gráficas más específicas, que el aumento de incidencia se debe fundamentalmente a tumores de pequeño tamaño (< 2 cms). Todo ello, concluyen los autores, hace pensar que los programas preventivos de cáncer de mama inducen el sobrediagnóstico. Es decir, afloran muchos tumores pequeños (probablemente DCIS) que por ellos mismos hubieran tenido una evolución indolente.

Los expertos avisan de que ya hay suficientes datos como para que los directivos responsables de la prevención del cáncer de mama se planteen, como mínimo, dos acciones: a) avisar a las mujeres de los riesgos del sobrediagnóstico, y b) revisar de forma restrictiva los criterios que delimitan poblaciones diana para la detección precoz del càncer de mama.

Jordi Varela
Editor

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